Columnas Nacional

[Columna] por Catalina Contreras: “El golpe sin final”

 Por: Catalina Contreras

Parte el día. Se levanta cabizbajo, observando aquel pequeño rayo de sol, que entra por la ventana iluminando el desorden de su habitación. Se uniforma rápidamente para no retrasarse, mientras saborea la amargura de un café caliente junto al alba. Matías Riveros, un estudiante como cualquiera y de mirada vacía. Sale de casa, cierra la puerta silenciosamente para comenzar su rutinario desplazamiento desde el metro Elisa Correa, la estación más cercana de su hogar, para aproximadamente en una hora, llegar a la Moneda. Donde se encuentra el excéntrico Instituto Nacional, lugar en el que estudia. Mientras se aproxima, sus pies lentamente se van frenando poco a poco y el aire se empieza a reducir, como de costumbre.

Llega a la calle Arturo Prat donde está la entrada del lugar. Y ahí los ve, nuevamente… 

Carabineros en fila. A cada lado de la calle, mirándose unos con otros fijamente. Aunque la poca visibilidad obstaculice sus ojos, de igual manera podían notarse abiertos de par en par. Sus cabezas están cubiertas por un enorme casco de tonalidad verde, que tiene un leve brillo de radiación solar. Sus cuerpos con una gran armadura, que los hace ver el doble de su tamaño, demostrando su autoridad. Y también unas letras blancas curvas en la parte trasera de los trajes. En sus manos, se puede ver a cada uno con un grueso palo de color negro. Y en la otra, un gran escudo de plástico translúcido. Más allá, en la oscura puerta metálica para ingresar, estaba estacionado un enorme carro del mismo tono musgoso, el cual los espera, cada día. 

Matías sigue caminando desviando la mirada en las nubes. Entra sin problema alguno. Ya comenzará la jornada. Primera clase, la más detestable para este chico de 17 años, matemáticas. Cuenta los minutos para que den las 9:30 de la mañana, para salir a descansar de tal “atrocidad”, comenta con su voz apagada, esperando con ansias poder conversar tranquilamente con sus compañeros. Sin embargo, la situación empeora, minutos antes de que acabe la cátedra, se empiezan a escuchar ruidos extraños por fuera de la sala. Todos atónitos viéndose unos con otros. Sus rostros demostraban que el sonido, no era novedad. 

Aquellos hombres con cuerpo de tortuga, empezaban a entrar al lugar. Y de pronto aquel ruido se volvió gas. Una gigantesca nube cubría todo el salón. Decenas de estudiantes intoxicados, sin poder respirar. Otros encerrados en esos buses policiales sin mirar, la luz de la ciudad, a las once de la mañana. Así acaba otro día de clases.

Matías ingresó al Instituto Nacional en el 2014. Su padre aprovechó la instancia para ponerlo en ese colegio, ya que él había terminado su educación media ahí, por lo que también quería que su hijo acabará como él.  Cuando logró quedar, después de hacer la prueba de ingreso, el joven sintió que fue un cambio brutal alejarse de los amigos de su antigua escuela en Puente Alto. Tenía tan sólo doce años, y ya era parte del “orgullo institutano” según su papá,  mientras cursaba séptimo básico. 

En ese entonces ya, la generación ideal para las antiguas generaciones, se estaba acabando. Ya transcurrían las tomas estudiantiles, en las que Matías, en aquel momento reprochaba sin entender porqué. 

Pasadas un par de semanas, logró hacer varios amigos y fue adaptándose lentamente a su nuevo entorno. Y a entender porque se manifestaban sus compañeros. 

Académicamente, todo marchaba bien, hasta el año 2017, año es el que el estudiante se encontraba deprimido por diversas situaciones, entre estas los problemas con su padre por inasistencias y por bajar su promedio de notas. Solo discusiones a palabras. Toda su vida se había sentido reprimido por parte de ese hombre que lo crío. Finalmente, acabó repitiendo segundo medio. Ahí, empezó la peor parte. Papá se descontroló de la ira que sentía, por la “deshonra” que le provocó que su hijo repitiera de esa escuela de excelencia académica. 

“Me dió miedo, él nunca me había golpeado, me tironeó la ropa, y me puso un puñetazo en toda la mandíbula. Mi mamá lo paró, porque él quería seguir. Después de eso me gritaba que lo había decepcionado, que era deshonrado, que si él hubiese hecho algo así, lo hubieran echado de su casa, que él ha hecho todo por mí… Me deprimió más aún eso, creo que nunca lo voy a superar” cuenta Matías mientras recuerda, sus manos tiemblan suavemente, tratando de disimular, el trauma que le dejó esto. 

Tras lo ocurrido, las discusiones entre sus padres era cada vez más frecuentes. Muchas veces evitaba llegar a casa cuando caía el sol, para no tener que aguantar toda la presión y la tensión que había en el lugar. 

Pero, llegó lo que veía venir. Acabaron separándose. El joven se quedó con su mamá. 

Un día, su padre intentó golpear a su madre, ahí fue cuando rompió toda comunicación con aquel hombre que lo aprisionó y lo obligó tantos años a reflejarse en él. 

Un infierno acabado, no sabía lo que se venía por delante. 

A pesar de lo ocurrido con su familia, decidió no cambiarse de escuela, terminó disfrutando el ambiente que lo rodeaba. 

Llegó el año 2019. Matías pasó a tercero medio y comenzaban la jornada escolar en  marzo, mes en dónde se perdieron muchas clases, debido a que no estaba estructurado totalmente el horario para cada curso. 

Tras esta problemática, en abril también comenzaron las primeras tomas del establecimiento para protestar en contra la ley Aula Segura. Se podía ver todo alrededor con sillas y mesas postradas en la reja del lugar, jóvenes de rostros cubiertos, observando a lo lejos desde la techumbre, lo que acontece por fuera del recinto. El hecho duró poco tiempo, ya que fue irrumpido por las fuerzas especiales de Carabineros. 

En mayo, los estudiantes escribieron un petitorio interno y externo para expresar sus molestias, los cuales serían entregados al Ministerio de Educación en una masiva marcha a nivel escolar. 

En el caso interno, fue debido a plagas de ratas, objetos de estudio que están desde hace 200 años de lo que lleva en funcionamiento el colegio. Una gran cantidad de baños sin cerraduras, y salas destrozadas sin vidrios ni suelos.

“En el petitorio externo, siempre fue y será la ley de Aula Segura, hasta que acabe”, sentenció Matías.

Cuando llegaron al Ministerio de Educación, las reiteradas veces que tuvieron que ir en busca de respuestas sólidas, no fueron escuchados y su caso, solo se fue aplazando cada vez más. 

Por lo que, el cansancio y molestias de parte del estudiantado, llegó al punto de tener que recurrir a cortar las calles cercanas al recinto, para poder ser escuchados de una vez por las autoridades. En ese entonces todos los jóvenes exponían sus rostros a la luz del día. No sólo protestaron haciendo barricadas, intentaron también  hacerlo de forma pacífica, pero igual acabó en caos. 

Con el tiempo, empezaron a tapar su cara dejando expuestos solo sus ojos que denotaban su enojo  y desmotivación, los hechos se fueron agravando, por lo que los enfrentamientos con la policía se hicieron cada vez más violentos. Al punto de que varios estudiantes fueron golpeados bruscamente por parte de las fuerzas especiales. 

Estos hechos cada vez eran más seguidos, se perdían semanas completas por ello. La desmotivación, el miedo de ir a estudiar era cada vez más desolador,  angustiante. Para los profesores y inspectores fue la misma sensación. Sabían que en cualquier momento la normalidad de clases, acabaría en menos de un segundo.  

Hasta que llegó junio, mes en que se adelantaron las vacaciones, por el presunto cierre del histórico establecimiento. En ese momento los apoderados de los adolescentes alzaron voz y pusieron panfletos en toda la reja del recinto, pidiendo el fin de la represión del estado. Algunos decían “NO + ESTUDIANTES GOLPEADOS Y AMENAZADOS” “NUESTROS HIJOS NO SON DELINCUENTES”, entre otros mensajes.

 Para la suerte de Matías y todos sus compañeros, el colegio no cerró sus puertas.

Volvieron a clases en el mes de julio, ahí todos pensaban que las cosas cambiarían, los primeros días marchaba todo con total normalidad. Pero las fuerzas policiales comenzaron a esperarlos por las mañanas en la entrada y en el techo del lugar. Algunos Carabineros de civil se hacían pasar por inspectores de la escuela para mantener el control de las aulas. 

En ese momento, los alumnos encapuchados, comenzaron a manifestarse con mayor frecuencia. Tras los hechos, también se provocaron conflictos entre apoderados y institutanos a rostro cubierto. Reiteradas veces a Matías le explotaron bombas lacrimógenas en los pies, teniendo que huir rápidamente para no herirse. Así de igual manera, muchos de sus compañeros han salido lesionados, intoxicados y detenidos sin siquiera haber participado en los actos. 

Pasada las grises semanas, el Ministerio de Educación decidió cambiar al rector interino del establecimiento, para lograr que otra persona pueda poner “orden” y solucionar la enorme problemática escolar. 

 El cargo fue tomado por Lili Orell. Los estudiantes se vieron esperanzados en que las cosas mejorarían con este nuevo cambio.

“Cuando llegó a presentarse, dió un discurso diciendo que las cosas cambiarían, pero fue molesto que no nos diera micrófono abierto, para también nosotros expresar todo lo que nos han hecho. Ahí acabaron varios molestos por esa actitud tan imponente, incluyendome”, expresó con una mirada ofuscada.

El poco tiempo que lleva como rectora ha evitado conflictos despachando a los alumnos antes de que Carabineros ingrese al recinto, pero, lo demás sigue igual. Matías vive esperanzado en que podrán perder la angustia que les deja cada día ir a estudiar, y tiene la tranquilidad de que hoy en día está por decisión propia estudiando ahí. 

El joven sigue sin compartir palabras con su padre, pero a pesar de todo, le pone contento que su madre haya encontrado una nueva pareja, con la cual se relaciona muy bien con él y sus tres hermanos menores. Ahora se siente a gusto de llegar a casa y descansar del infierno escolar.

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